LAS HIENAS ANDAN SUELTAS



Los trágicos acontecimientos que enlutaron a España el 11 de marzo del 2004 pusieron en evidencia lo que algunos sabíamos y veníamos proclamando desde hacía tiempo, pero que la mayoría no se atrevía (y sigue sin atreverse) a decir por cobardía y, tal vez por impotencia intelectual, ni siquiera a entender. Y es que nuestra política migratoria es un error y un fracaso, además de un peligro, como quedó demostrado, de manera tan brutal como definitiva, en 192 ocasiones simultáneas el día de esa negra primavera.

La prueba de ese desatino (que sigue sin llevar camino de ser corregido) es que los autores de los atentados de Madrid eran inmigrantes legales, establecidos entre nosotros con su verdadera identidad, al amparo de la permisiva legislación vigente, de la tolerancia suicida de una sociedad dirigida por incompetentes temerarios, y del desorden generalizado de una inmigración salvaje, auténtico caballo de Troya de la invasión musulmana y la colonización berberisca. Esta nos enseñó de manera cínica y sin dar lugar a dudas su verdadero rostro, confiada en que nos puede hacer cualquier cosa sin que seamos capaces de reaccionar a la agresión más allá del lamento y el sometimiento al chantaje y las amenazas, que no de otra manera hay que interpretar el repentino vuelco electoral de última hora en los comicios en puertas que protagonizó una sociedad enferma y para colmo satisfecha de estarlo. Nos mataron a centenares en una horrible carnicería indiscriminada, y nuestra respuesta consistió en manos blancas, crespones negros, serenatas de violoncelo y una miserable explosión de odio partidista contra otros españoles que expuso de manera clara la vera efigies de la sociedad española.

Los perpetradores de las masacres del 11-M no fueron terroristas llegados desde el exterior de incógnito, protegidos por una falsa identidad, para cometer un atentado y después regresar a su lugar de origen una vez el objetivo alcanzado. Eran extranjeros con su documentación en regla, con residencia legal en España, huéspedes acogidos a nuestra hospitalidad, amparados bajo nuestras leyes, beneficiarios de las oportunidades y comodidades que tan pródigamente les brindó nuestro país, y que utilizaron nuestra generosidad y la permisividad de nuestro sistema para asesinarnos, auxiliados en esa tarea por las facilidades ofrecidas por la sociedad que buscan destruir (y de la que pretenden, sin embargo, para colmo de paradoja, que los mantenga). La política migratoria española (si es que tenemos una política migratoria) es un absoluto desacierto ya que permite en la práctica dar cobijo a los terroristas y facilitarles las condiciones apropiadas para la elaboración in situ de sus crímenes.

Los sangrientos hechos acaecidos ese día pusieron de manifiesto la inconsistencia de otro mito: el de la integración. El principal inculpado en la realización de los atentados vivía en España desde los 12 años de edad. ¡Buen ejemplo de integración! En 20 años o más tuvo de sobra tiempo y oportunidad para aprender a respetar y a querer el país que lo acogió y le brindó mucho más de lo que nunca hubiera conseguido en su pocilga de origen, Marruecos. ¿Debemos considerar este caso extremo de deslealtad al país de acogida una excepción? De ninguna manera. La integración no es más que un sonsonete para progres estúpidos y traidores encubiertos, eso no figura en el vocabulario de los moros. No están aquí en un proceso de integración, sino en una empresa de conquista, en un proyecto de usurpación y dominio. España, inconsciente del cáncer que ha dejado desarrollarse en sus entrañas alimenta a alimañas como los verdugos de Atocha. Los moros no solamente nos parasitan, nos roban, nos violan, nos matan de uno en uno: también lo hacen a cientos de una tacada. Y no piensan quedarse en este “caso puntual”, como suele llamar la prensa colaboracionista a todos los crímenes de la morisma contra los españoles. Esto sólo fue el comienzo.

En las cárceles españolas hay actualmente varios centenares de miembros de Al-Qaeda y otras organizaciones terroristas islámicas, y otros cuantos más sospechosos de serlo, muchos de los cuales poseen la nacionalidad española. Esto pone de manifiesto la irresponsabilidad de nuestros gobernantes y el desconcierto absoluto que domina la política al respecto, que por un lado da permisos de residencia a todo el que logra colarse por nuestras porosas fronteras, y por el otro le regala la nacionalidad a cualquiera que la pide sin acreditar mérito alguno para tan graciosa concesión y sin averiguar siquiera de quien se trata.

Un dato interesante en cuanto al perfil del terrorista islámico es que este no constituye una clase especial de musulmán, una categoría excepcional dentro de esa especie. En su momento nos enteramos por la prensa que la mayoría de los detenidos por su implicación en los atentados del 11-M ya tenían antecedentes policiales en España, generalmente por delitos relacionados con el tráfico de drogas, pero también por robos y agresiones diversas. Es decir, que estas gentes tanto roban un móvil o una cartera como ponen una bomba en un tren. El salto cualitativo que va del pequeño delito al asesinato en masas lo dan sin mayores dramas. Cuestión de genes, la sangre no miente. Su cultura mahometana refuerza esa inclinación innata al delito.

El instinto criminal del moro, el afán sanguinario inherente a su brutalidad y fanatismo atávicos, es la expresión más descarnada del nivel de moralidad extremadamente bajo de los pueblos árabomusulmanes, y constituye una de sus características primordiales. Si tenemos en cuenta la extendida inclinación al crimen propia del moro, como lo prueba la ingente cantidad de delincuentes y criminales magrebíes en particular y musulmanes en general que circulan por nuestro país y pueblan nuestros centros de detención, tendremos una idea cabal de cuantos terroristas en potencia andan entre nosotros.

Podemos afirmar, sin temor a errores de peso ni exageraciones estigmatizantes, que los terroristas islámicos están aquí, en todas la ciudades y pueblos donde hay una comunidad musulmana de cierta envergadura. Nos cruzamos a diario con ellos en las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades, donde han asentados sus bases operativas, sus centros conspirativos, sus oficinas de reclutamiento, sus escuelas de odio anti-occidental, mimados por los ayuntamientos, protegidos por las ONG, apadrinados por los partidos de izquierda, exaltados por una prensa corrupta, arropados por la babosa simpatía de una parte de la ciudadanía que no quiere enterarse de la clase de hienas que están engordando. Todos los musulmanes son realmente unos potenciales asesinos de españoles, de europeos, de cristianos. Los moros son nuestros enemigos, hoy tanto como lo fueron ayer. Quien no lo vea así, quienes piensan todavía que en todo rebaño hay ovejas negras, que estamos confundiendo la parte con el todo y la excepción con la norma es que no entiende nada de nada. Los moros no están aquí para nuestro bien. Están aquí para nuestra ruina, nuestra desgracia, nuestra muerte.

Decía un eminente historiador: “Hay algo más peligroso que el bárbaro a las puertas de la ciudad, y es el bárbaro dentro de los muros de la ciudad“. Y a este bárbaro lo estamos alimentando con nuestra sangre.

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