“En Cataluña acaban de prohibir las corridas de toros, la llamada fiesta nacional”


“En Cataluña acaban de prohibir las corridas de toros, la llamada fiesta nacional”

En las manifestaciones de los antitaurinos que han pasado por televisión, he visto pancartas con la leyenda o lema:”Canarias y Cataluña, contra la fiesta de los toros”. Bueno, si ello al menos sirve para tender puentes de comunicación, amistad, colaboración y hasta fraternidad entre Cataluña y Canarias, bien: se matan dos pájaros de un tiro –perdón por lo de matar, ahora que hablamos de la prohibición de la llamada fiesta nacional en Cataluña-. Que yo sepa, ahora mismo esa relación queda señeramente establecida en el fútbol profesional, pues el jugador Pedrito, hace años en la cantera del Barça, es tinerfeño. Y triunfante mundialista, al igual que el también canario Silva, aunque éste no juega en el Barça. Hace décadas, otro canario, el defensa grancanario Gerardo Miranda, destacó en la defensa azulgrana y en la selección española. Sin olvidar a uno de los canarios más ilustres, el tinerfeño Ángel Guimerá, que pasa por ser también un clásico de las letras catalanas.

Bueno, pero el asunto es la fiesta de los toros y su reciente prohibición en Cataluña. Soy capaz, creo, de captar la belleza estética de la lidia en una corrida de toros, su sentido de “metáfora” de la vida: muerte y vida muy cerca la una de la otra, en intensa tensión que puede romperse de un momento a otro… Como la vida misma. Y su dimensión cultural: el arte, la música y la literatura se han echo eco de la llamada fiesta nacional. Pensemos en la poesía de Federico García Lorca, Rafael Alberti, o Miguel Hernández (los tres ideológicamente de izquierdas además), por solo citar a tres ilustres. En este tercero o último, con el permiso de Lorca en su inmortal elegía “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejía”, la poderosa expresividad poética se sirve de motivos del mundo de la tauromaquia de una manera genial, con un incomparable registro. Así, en un hermosísimo soneto de El rayo que no cesa, que justamente comienza “Como el toro he nacido para el luto/ y el dolor, como el toro estoy marcado/ con un hierro infernal en el costado/ y por varón en la ingle con un fruto.”(…)

Gentes de derechas y de izquierdas se han manifestado aficionadas al toreo, en la historia de España y allende los mares, en países de Hispanoamérica como México, Colombia y Perú, principalmente. En España, de siempre los toreros han sido figuras mediáticas de gran proyección popular, y no raramente la prensa rosa y el propio pueblo han aireado amoríos de los toreros (por ejemplo, los de Luis Miguel Dominguín, padre del actual Miguel Bosé, con la actriz Ava Gadner, a la que muchos consideraban un puro “animal sensual”). Si encontraban la muerte en el ruedo, esa muerte era elevada a tragedia nacional casi: Manolete, Paquirri… Incluso famosos anarquistas, como Andrés Carranque de los Ríos (25-4-1902/5-10-1936), quien también pasaría a la posteridad como uno de los primeros actores de la escena cinematográfica española, buscó inicialmente fortuna en la tauromaquia.

Con todo, admito que no vale de mucho para el peso de este artículo pero aun así y todo confesaré que yo nunca he asistido a una corrida de toros; la única vez que he entrado a una plaza de toros fue en Santa Cruz de Tenerife, hace casi ya veinte años, a la sazón estudiante universitario yo allí, para asistir a un concierto musical del grupo canario Palmera. No soy ni siquiera simpatizante de esa fiesta. Nunca veo por televisión corridas de toros. De niño, sí contemplé, por las carreteras canarias casi siempre cuando iba con mis padres, algunos de aquellos enormes ejemplares de toros de cartón piedra visibles desde casi cualquier sitio cercano. Por ejemplo, por la vieja carretera de Tamaraceite a Las Palmas de Gran Canaria, antes de la subida al Cementerio de San Lázaro, recuerdo el gran toro de Osborne (¿digo bien de Osborne?) que allí había. Pero en fin, no soy aficionado a la fiesta de los toros.

Ahora bien, ¿prohibirlas? Pues como que no sé. No lo tengo claro. ¿Prohibirlas porque los toros sufren cruelmente hasta morir? Ya, pudiera ser, tiene peso ese argumento; pero entonces habría que prohibir las peleas de gallos -que en Canarias gozan de gran predicamento, y en Andalucía, entre otras regiones españolas-; lo de prender fuego a los cuernos de los toros -comoquiera que se llame eso en catalán-; acaso la caza de animales salvajes (práctica cinegética); el engorde hasta reventar de patos y ocas, sobre todo en Francia, para obtener de sus hígados el preciado “paté”; algunos tipos de sacrificio de animales con fines alimenticios o industriales; la caza de animales para extraer o arrancarles sus pieles para la industria peletera; la caza de la ballena (miles y miles de ellas al año); la caza de algunas especies de tiburón (sobre todo practicada en Japón: cientos de miles de capturas al año). Y otras prácticas crueles contra animales.

Otra razón que se esgrime para prohibir las corridas de toros es la de que los toreros se juegan la vida “inútilmente”. Bueno, bien, podría ser, pero lo de que sea innecesario o inútil ese exponerse a perder la vida es muy discutible, muy relativo: también se exponen a perder “inútil o innecesariamente” la vida los boxeadores (en realidad, toreros y boxeadores pueden llegar a ganar pingües cantidades de dinero con sus respectivas profesiones: no pareciera, así pues, tan “inútil o innecesario” ser boxeador o torero, disciplinas que nada me atraen, ni una ni otra). El automovilismo e incluso el motociclismo y el ciclismo, del que soy tan aficionado yo mismo, figuran entre los deportes de riesgo. Y no digamos el alpinismo, deporte de riesgo máximo.

Si de mis costumbres y gustos dependiera, la fiesta nacional de los toros rápidamente desaparecería por una suerte de fatal “inanición” que acabaría afectando a todos los implicados en la misma: como jamás iría a una plaza de toros a ver ese espectáculo, acabarían cerrándolas todas y desmantelando la fiesta nacional. Pero sigo sin saber si yo las prohibiría o no; más bien estimo o pienso que sí las prohibiría, si de mí dependiera, sólo que sigo abrigando algunas dudas últimas al respecto de su prohibición o no. Sobre todo porque no puedo dejar de percibir el “fantasma”, es decir, la sospecha, de que detrás de su prohibición lo que hay o subyace es un intento catalanista de poner tierra de por medio con todo lo que suene o huela a español de toda la vida, de pura cepa, pata negra. Eso, más que el deseo de no hacer daño cruel a los toros de lidia, animal bellísimo, ciertamente, cada vez que, viajando por la Península ibérica, he podido verlos desde la carretera.

29-7-2010. LUIS ALBERTO HENRÍQUEZ LORENZO

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